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jueves, 11 de octubre de 2018

LA TERRORÍFICA HISTORIA DE LA TAMALERA DE LOS PORTALES


LUIS FRANCISCO MACÍAS

A BATAZOS MATÓ A SU ESPOSO

El bote con la cabeza del peluquero sacrificado. También se aprecia el hacha que utilizó la tamalera y demás herramientas halladas en el lugar del crimen.

VICTIMÓ A SU MARIDO Y LO DESCUARTIZÓ

Todo comenzó cuando María Trinidad Ramírez Poblano, tamalera de oficio y madre soltera de cinco hijos, unió su vida con el peluquero Pablo Díaz; pensó que ahora sí estaba completo su hogar, se sintió protegida, pero pronto sus sueños se esfumaron, pues vivió un verdadero infierno.
Hace años, LA PRENSA publicó un caso estremecedor, que quedó registrado en nuestros Archivos Secretos y que inspiró incluso a productores de cine y televisión. Para dar a conocer esta historia, en la que la pobreza, carencias afectivas, abusos y maltrato infantil jugaron predominante papel, rescato para usted algunas líneas que en su momento se publicaron en este diario.
Una noche, como ya era costumbre, Pablo golpeó brutalmente a sus tres pequeños hijastros y les prohibió cenar en castigo porque mancharon unas cuantas prendas limpias al saltar sobre la cama. Y fue tanto el rencor que en ese instante sintió María Trinidad, que decidió matar a aquel hombre, mientras escuchaba los apagados lamentos de sus vástagos, en cuya piel se marcaron los cinturonazos que les propinó su padrastro. Golpes que ella sentía en el alma.
Después de la cueriza vino la calma, pero la decisión ya estaba tomada. Los niños agredidos dormían en otra habitación cuando su madre tomó un bate de beisbol y lo descargó en el cráneo de su esposo, quien dormitaba frente al televisor.
El padrastro de los niños no tuvo tiempo de reaccionar, un segundo batazo lo hirió de muerte y comenzó a convulsionarse, lo que asustó a la señora y, temerosa de ser asesinada si fallaba en el homicidio, propinó otros dos impactos. Los niños seguían dormidos.
Pablo era muy fuerte, demasiado corpulento y sin vicios; no fumaba ni bebía alcohol, tenía afición por los deportes y no tenía mucho desgaste de energía porque prefería descansar en cama mientras lo mantenía su mujer.
Cuatro golpes soportó sin morir, en cuestión de segundos pasó al estado de coma, mientras la vendedora de tamales se angustiaba por instantes y daba paso a la desesperación: sus hijos podrían sorprenderla, el hombre se recuperaría y con seguridad la mataría, eran pensamientos que le causaban pánico. María Trinidad aún tenía miedo y su mente estaba nublada.
Las ideas de cómo estar segura de que Pablo ya no se levantaría y deshacerse de su cadáver la atormentaban, buscaba opciones. Se decidió por una: salió lentamente de su vivienda y pidió prestada un hacha a la dueña de la casa, explicándole que la necesitaba para partir el ocote que iba a utilizar para encender el brasero.
Probablemente cegada por un gran desequilibrio emocional, decidió descuartizar a su hombre para poder trasladar sus partes dentro de un costal, en varios viajes, y abandonarlos por diferentes rumbos.

Así lo hizo…

La contraportada de LA PRENSA corresponde al 20 de julio de 1971 y en su pie de grabado se informaba que María Trinidad Ramírez Poblano confesó haber asesinado, descuartizado y encostalado a su marido, Pablo Díaz Ramírez, quien aparece en el recuadro.

ESTREMECEDOR

GUARDÓ LA CABEZA DEL PELUQUERO EN UN BOTE CON AGUA HELADA

Tensa por el rencor y satisfecha por haberse transformado de mujer sumisa en madre osada y defensora, la vendedora de tamales dejó escapar el llanto, mientras se asomaba al cuarto de sus hijos y comprobaba que seguían dormidos.
Eran las 11:30 de la noche del sábado 17 de julio de 1971. El hombre golpeado quedó casi desnudo y los primeros hachazos le separaron las piernas, provocándole la muerte en 3 minutos y asustando más a la señora al ver los últimos y casi imperceptibles movimientos de su marido.
María Trinidad no había dirigido el instrumento cortante hacia la cabeza porque era evidente el resultado de los batazos, pero se decidió y otros golpes culminaron el descuartizamiento. Los niños, acostumbrados al ruido que hacía su progenitora cuando trabajaba la masa por las noches, no se dieron cuenta que esta vez la actividad era muy diferente.
En la madrugada del domingo terminó su obra la tamalera y aunque laboró a la luz de la televisión, pudo asear casi perfectamente la habitación y lavar sus propias prendas de vestir. El paso siguiente fue retirar las partes que no cupieron en un costal de la Conasupo; la señora supuso que pedir un recipiente grande, en plena madrugada, la convertiría automáticamente en sospechosa y, por las circunstancias, guardó la cabeza de su esposo en el bote tamalero. Con enorme preocupación de la comerciante, el bote con la cabeza quedó debajo de la cama, seguramente los niños tardarían poco en descubrirlo.
Ya no había oportunidad para abandonar el bote en la calle; el tiempo se le pasó en ir a tirar por distintos rumbos los restos del cuerpo. Tenía que disimular y a toda prisa desocupó otra lata similar y aquel domingo, como todos los fines de semana, la mujer vendió tamales frente a una panificadora en Ermita Iztapalapa casi esquina con Emiliano Zapata.
El lunes 19, por la mañana, estalló el escándalo: parte de los restos fueron encontrados a un costado de la casa 508, calle Sur 71-A, Colonia Justo Sierra, al sur de la ciudad.


LA INVESTIGACIÓN

El general Daniel Gutiérrez era jefe de la Policía capitalina y tuvo la satisfacción de comprobar que la aclaración del crimen en la Colonia Justo Sierra, estuvo a cargo del Servicio Secreto, que al terminar ese sexenio empezó a dejar de ser lo que era, cuando se le cambió el nombre por el de División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, la temible DIPD y el negro recuerdo de Arturo Durazo Moreno.
Pero el caso de “La Tamalera”, amable lector, fue realmente un trabajo de excelencia. Los investigadores Raúl Mendiolea Zerecero, subdirector de la Policía; mayor José de Jesús Gracia Jiménez; comandante Ángel Godínez y los agentes Gonzalo Balderas, Juan Ayala Ángeles y José Cabrera, solucionaron el crimen en sólo ¡seis horas!
Este caso inició con una orden a la sirvienta de la señora Esperanza Hernández, dueña de la casa 508, de Sur 75-A, Colonia Justo Sierra, quien creyó que dentro de un costal abandonado estaba un cargamento de pollos muertos, procedentes de una granja cercana, cuyos propietarios no esperaban el paso de los camiones de la basura para deshacerse de las aves sin vida. Le dijo Esperanza a su sirvienta Paula Martínez, que lanzara el bulto a un sitio alejado.
Cuando la empleada doméstica tuvo el costal en sus manos se percató que no contenía pollos, sino restos de un ser humano. Ante los gritos de Paula se solicitó la intervención de los uniformados Juan Oliva y Miguel Romero, quienes avisaron al agente del ministerio público, Carlos Durán y su secretario Ives G. Lelevier, de la Delegación Iztapalapa. Los peritos del Servicio Secreto trabajaron duramente y lograron identificar las huellas dactilares de los restos como las de Pablo Díaz Ramírez, de 53 años de edad, de oficio peluquero, y quien se cambiaba el nombre para eludir las frecuentes investigaciones de que era objeto, por sus antecedentes de ladrón.
Se supo que vivía en Pirineos 15 Bis, Colonia Portales y cuando los agentes se presentaron en el domicilio, encontraron a tres niños. No estaba Pedro Martínez Ramírez, el hermano de 17 años de edad que con frecuencia se quedaba a cuidarlos, ni otra hermana mayor, María Elena, que estaba casada y vivía aparte. Se detuvo entonces para investigación al esposo de ésta, Mario Reséndiz Pacheco.
Y se supo que Pedro Martínez Ramírez se había enfrentado a su padrastro en varias ocasiones, ante las arbitrariedades que realizaba contra los pequeños, sin que protestara la progenitora de ellos. A pesar de esto el peluquero con frecuencia corría a la señora e hijos porque le molestaban los juegos de los niños.
Tres años duró la vida de infierno que soportó María Trinidad, originaria de Tequisquiac, Estado de México. Tres años en que esperó un milagro que nunca llegó: que Pablo cambiara de carácter y les diera la protección hogareña que había prometido cuando conquistó a la señora. La vendedora de tamales llevaba una rutina que pocas veces alteraba: comprar la masa, cocer la carne, preparar las salsas y el dulce, adquirir manteca de cerdo, envolver los tamales y luego el traslado a la panificadora, en un carrito de madera con ruedas de resistente hule.
Doscientos tamales vendía María Trinidad diariamente; los domingos le iba mejor en la venta y casi todo el dinero iba a parar a los bolsillos de Pablo, quien “administraba” los ingresos, soltaba unos centavos para la subsistencia de “su familia” y no se perdía las funciones de box o lucha libre en la Arena Coliseo.
Se afirma que le sobraban billetes para apostar y cuando ganaba, rebosaba de satisfacción y regalaba algunas monedas a los niños, lo que mantenía viva la esperanza de María Trinidad: “algún día seré feliz con Pablo y mis hijos”… No pudo ser, la policía encontró bajo su cama el bote con la cabeza.
El martes 20 de julio de 1971, el médico legista Enrique Márquez comentó en el Servicio Médico Forense del Distrito Federal, que la cabeza del peluquero infortunado parecía macerada -ablandada-. Cómo no iba a estarlo, con cuatro batazos y aplicación abundante de agua fría.
Cuando Gonzalo Balderas Castelazo le preguntó, directamente, por qué había matado a su marido, María Trinidad dejó escapar algunas lágrimas de arrepentimiento y confesó que todo tuvo su origen en un rencor imposible ya de contener.
La vendedora de tamales lamentaba la destrucción de su hogar que, muy modesto y con grandes carencias, creyó suyo por tres años, “desde que había unido su destino al de Pablo Díaz Ramírez”.
Explicó que hacía 36 meses había llevado a su hijo mayor a una peluquería de la calle Emiliano Zapata y conoció a Pablo, quien le preguntó si conocía a alguna lavandera que se ocupara de mantener blancas las filipinas necesarias en el negocio. María Trinidad se comprometió a lavarlas y plancharlas y Pablo comenzó a enamorarla y compitió con un vecino de nombre Jesús Ávila Luna, quien para agradar a la dama le compraba muchos tamales cada día.
El pretendiente Ávila perdió la competencia y se retiró cuando María Trinidad le dijo que “había encontrado nuevo esposo y nuevo hogar”.
Al principio, la señora estaba conforme porque su flamante marido no tenía vicios.
Cuando Pablo se dio cuenta que María Trinidad ganaba más dinero en la venta de tamales, que él con todo y su negocio de peluquería, decidió vivir a costa del trabajo ajeno y pasaba las horas frente a la televisión.
La policía supo que el hombre desaparecido tenía antecedentes penales desde 1937, por distintos delitos que iban desde lesiones hasta estupro.
Pablo también presumía haber estado preso en el temible “Palacio Negro” de Lecumberri hasta en tres ocasiones. El agente Gonzalo Banderas volvió a hacer preguntas a María Trinidad y ella aseguró que nadie más era responsable del crimen, “yo lo planeé, lo realicé sin más ayuda que mis propias fuerzas”.

-Nosotros creemos que se utilizaron un bate, un hacha, una segueta y un cuchillo de carnicero -insistió el investigador.

-Pueden creer lo que quieran, pero eso es mentira. Usé el hacha y luego la lavé con cuidado, nada de segueta o cuchillo; luego saqué el carrito de madera y llevé el costal hasta la Avenida Plutarco Elías Calles, más tarde por Emiliano Zapata y llegué hasta San Andrés Tetepilco, frente al depósito del Servicio de Transportes Eléctricos.

CONCLUÍA UNA VIDA DE SUFRIMIENTO

Además, María Trinidad confesó: “Pablo comentaba que ya estaba harto de nosotros y que conseguiría otra mujer. Su anterior esposa, tengo entendido, lo abandonó porque la engañaba en su propio domicilio con una vecina.
¿Qué vida nos esperaba pues si con frecuencia golpeaba a mis hijos pequeños y yo no me atrevía a protestar siquiera?

-¿Cómo explica que ninguno de los vecinos escuchara ruidos extraños, durante la agresión a batazos? -inquirió Balderas.

-Yo no me acuerdo si provoqué algún ruido fuerte, pero si mis hijos no despertaron, quiere decir que no fue como para alarmarlos, menos a los vecinos, con pared de por medio.

Y según las hipótesis policiacas, los investigadores fortalecían la sospecha de que María Trinidad trataba de exculpar a su hijo y a su yerno. El hijo de la vendedora de tamales, durante mucho tiempo trabajó en una carnicería, por ello estaban seguros los detectives que él bien pudo ayudar a cortar los restos humanos con la segueta encontrada.
Al principio de la investigación se creía que la mujer había hervido la cabeza del peluquero, versión que luego fue desmentida, y como en aquellos años se publicaba cada día en este diario un epigrama, bajo la autoría de Irene G. de Lanz, haciendo referencia a la nota del día, fue la ocasión para mencionar este caso y que a su letra rezaba:
“La tamalera asesina hirvió la cabeza en el bote de tamales… Lo que hacen los criminales con sus horrendos afanes: desde ayer en restoranes nadie prueba los tamales”.
Cabe apuntar que cuando María Trinidad fue detenida por los agentes del octavo grupo del Servicio Secreto, estaba en su hogar, con sus hijos, oyendo la radionovela “Los Huérfanos”, que se transmitía en aquella época. “Nunca pensé escapar”, dijo a los agentes.
Los tres pequeños hijos que vivían con ella fueron enviados a una casa de protección social en Azcapotzalco. Pedro Martínez Ramírez declaró que él nada sabía del asesinato y que cuando regresaba de pagar un documento en unos almacenes, su hermana María Elena le dijo que su madre estaba detenida. Negó haber participado en el crimen.
Y el 29 de julio de 1971 llegó María Trinidad a la cárcel de mujeres, consignada ante el juez penal Eduardo Neri, quien pronto le dictó auto de formal prisión por homicidio, violación a la Ley General sobre Inhumaciones y Profanación de Cadáver.
Luego de estudiar el expediente, la sentenció a 40 años de prisión, de los cuales pagó 20 en el Centro de Reclusión Femenil de Tepexpan, Xochimilco y luego en Santa Martha Acatitla.
Se ignora mucho de su vida en los penales, pero se dice que fue dramática; sus hijos la visitaban con frecuencia y ella derramaba lágrimas de alegría al verlos.
En su trabajo, dentro del penal, destacó por la seriedad con que emprendía sus tareas y era de las primeras en llegar, cuando los sacerdotes daban misa en prisión.
María Trinidad nunca distorsionó su versión de los hechos y al cumplir el tiempo legal para pedir su libertad, abandonó el cautiverio para ir directamente a la Basílica de Guadalupe y luego a Tequisquiac, Estado de México, donde sus parientes la apoyaron para pasar allí el resto de su existencia.

TOMADO DE:

https://www.la-prensa.com.mx/archivos/75091-el-terrorifico-caso-de-la-tamalera-de-portales

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