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martes, 2 de octubre de 2018

LA NOCHE DEL CHACAL


Santiago Rodríguez Silva le llamaban “El Chacal de Tacubaya” porque asesinó en 1934 a las señoras Juana Castañeda, Estela Heredia y María Teresa Pulido por causas que permanecen en el misterio. Luis Esparza, entonces jefe de la sección de Identificación en Tacubaya, estaba seguro que Rodríguez Silva no actuó solo. Decía que “dadas las pequeñas dimensiones de la pieza que servía de dormitorio a las mujeres, donde apenas podían moverse a causa del modesto mobiliario, al ser atacadas por el exsoldado, cualquiera de ellas habría pretendido escapar por la azotehuela, lo que fácilmente hubiese logrado de no habérselo impedido alguna otra persona”.
Si ha de creerse a Rodríguez Silva cuando dice que sólo tomó de la caja de la peluquería los 12 pesos y cincuenta centavos que le correspondían por su semana, “¿quién se llevó entonces las dos alcancías y la petaca que estaba sobre la silla cercana a la cama y se llevó los ahorros de la familia Heredia?, preguntaba el funcionario. También había monedas de un peso tiradas en el piso del escenario de la tragedia, “¿quién las abandonó?”, inquiría el investigador. Explicó en su oportunidad que el lote 80 de las calles de Patriotismo daba a un corral que llegaba hasta la calle Martí; primero estaba la peluquería, con su banca, tres sillones, lavabo… en otro cuarto trasero -con puerta al corral- aparecía un cajón con trastos, un anafre, el lavadero, una mesa y el excusado; por ahí se entraba a la recámara de las mujeres.
La persona que descubrió los cuerpos se percató que el radio estaba funcionando; a la izquierda se veía el bracero, con una tortilla medio quemada y una olla con restos de café negro; el loro sobreviviente estaba agazapado en medio de unos muebles, cerca de la ventana que da a la recámara; se afirmaba que cuando lo rescataron los vecinos, el animalito “temblaba como si hubiera podido darse cuenta de lo sucedido”. Al frente de la puerta estaban los cadáveres de la madre y hermana de Estela Heredia y en la cama, tendida en semiflexión, María Teresa. Al pie del mueble se veían los zapatos de la infeliz muchacha, “prueba inequívoca de que ella se había, cuando menos, recostado para descansar, pues las cobijas del lecho estaban intactas, no se notaba que hubieran servido para cubrirse con ellas”, concluyó Luis Esparza.
Según las primeras averiguaciones, el triple crimen se cometió el 22 de abril de 1934, a partir de las 22:00 horas.


CASI LO LINCHAN

Después de dar muerte a las tres mujeres, Santiago Rodríguez huyó hacia Guanajuato y fue arrestado por investigadores locales. A las 12:30 horas del 29 de abril de 1934, rindió su declaración ante el agente del ministerio público, Ladislao Aguilera Gallardo, en la Inspección de Policía de la ciudad de León.
Santiago dijo tener 28 años de edad, ser soltero, de oficio peluquero, originario del Mineral de Providencia, municipio de Ciudad González, Guanajuato. Comentó que sabía leer y escribir “un poco” y que desde 1931 vivió con la familia formada por Juana Castañeda y sus dos hijos, David y María Estela Heredia Castañeda. Santiago se unió con la familia en la ciudad de Maravatío, Michoacán, cuatro meses antes, pero partieron a la Ciudad de México a buscar trabajo.
El empleo lo encontró Santiago en una peluquería y David en una zapatería.
Primero, la familia se hospedó en Martín del Campo 48, Colonia Moctezuma, domicilio de una prima de Santiago, de nombre Sofía Ángel Silva.
Posteriormente Santiago ingresó al Ejército y desertó. Trabajó luego como oficial en la peluquería La Pompeya, situada en la primera calle de San Miguel. Finalmente se mudaron a la Colonia Escandón, perímetro de Tacubaya, en la Calle Patriotismo 80, donde Santiago estableció una peluquería a la que pusieron por nombre La Flor de Oaxaca.
En noviembre de 1933, su amigo David Heredia llevó a la casa a la señora María Teresa Pulido, con quien hacía vida marital… “yo nunca requerí en amores a la amasia de David, pero sostenía relaciones amorosas con su hermana, María Estela Heredia”, dijo el declarante.
Desde el principio este romance fue lícito, pero a últimas fechas Santiago insistía con su novia para que tuvieran relaciones sexuales, a lo que se negaba, pero a fines de febrero accedió e hicieron el amor en la misma casa, ya que “le había prometido matrimonio”. No volvieron a intimar y el domingo -22 de abril de 1934- Santiago trabajó todo el día en la peluquería y luego se retiraron sus ayudantes, Efrén Prado Marcos y Leonardo Torres.
En Patriotismo 80 quedaron la señora Juana Castañeda, su hija Estela y María Teresa Pulido; David tenía empleo como velador y aquel domingo salió de casa cerca de las 8:00 de la noche. Fueron a dar un paseo las mujeres y el peluquero se quedó solo.
A las 21:00 horas regresaron, cuando el exmilitar preparaba un poco de café con leche; la radio estaba encendida y dejaba escuchar la voz grave de un locutor…
Aclaró Santiago que cerca de las 20:00 horas bebió mezcal que había encargado. Por su mente pasaron inquietantes pensamientos.
Decidió llamar a María Estela, su prometida y, como no salía, entró al cuarto y le reclamó, porque había rumores en el sentido de que la joven “sostenía relaciones ilícitas con su hermano David”.
Entonces salieron Juana y María Teresa, mientras María Estela reclamaba airadamente las ofensivas palabras del exsoldado, quien le pidió que “no levantara la voz”.
De pronto, María Estela lo agredió, rasguñándolo en un hombro con “algo que traía en la mano”; más tarde entraron la señora Castañeda y su nuera. Juana tomó un cuchillo para agredir a Santiago y logró herirlo en la mano derecha, en tanto que María Teresa intentaba golpear con un tubo al peluquero.
En un momento todo se volvió confuso, dijo Santiago, y les pegó con una navaja de barbero que portaba para defensa propia; las tres cayeron con rapidez, casi eran cadáveres cuando se desplomaron encima del peluquero, quien pudo liberarse para llegar a la azotehuela, donde se lavó las manos y curó sus heridas; como tenía su ropa manchada, se cambió y se fue. Luego se presentó en el domicilio de su amigo Nicolás, quien vivía en calle Comercio 114, en la misma Colonia Escandón y, tras tomar un taxi, fue a Tlalnepantla, donde abordó el tren para Salamanca, a donde llegó a las 5:00 de la tarde del día 23 de abril. Durante horas buscó empleo en las peluquerías de sus antiguos patrones, sin preocuparse demasiado por la persecución policiaca que iba a desatarse.


TENACES INVESTIGACIONES


Armando González Tejeda era corresponsal de LA PRENSA en Guanajuato y logró localizar al multihomicida en León.
Relataba que con la foto del buscado criminal y en compañía del detective José Rentería, recorrió las peluquerías y ya desmayaban en su empresa, cuando llegaron al establecimiento de don Flavio Aranda, en la céntrica calle Hidalgo. El peluquero reconoció al prófugo, porque trabajó con los Aranda en enero de 1934. Y la señora Catalina, nuera de don Flavio, dijo que el señor de la foto “está aquí, va a volver a trabajar con nosotros”… Por cierto, comentó la mujer, “Santiago no sabía que mi esposo falleció hace dos meses y parece que la noticia le apenó muchísimo".
El prófugo vivía por una zona denominada Los Tinacos. Un niño recordó que Santiago Rodríguez llevaba una mano vendada, “como si se hubiera cortado”. Entonces se avisó en forma inmediata a la Jefatura de Policía.
Y los agentes Francisco Krauss Morales y Eduardo del Prado Romay llegaron a Guanajuato para colaborar en la búsqueda del exmilitar. No tardaron mucho los policías en arrestar al guanajuatense, con los datos originales aportados por el entonces corresponsal de este diario, Armando Tejeda…
Al ser traído al Distrito Federal, el último día de abril, Santiago Rodríguez Silva, “El Chacal de Tacubaya” o “El Matador de Mujeres”, como lo llamó la prensa, fue visto por su examigo David Heredia, quien trató de matarlo, haciéndose justicia por su propia mano.
Desde Tula, apretados racimos humanos esperaban el tren en que viajaba el ya célebre multiasesino, para amenazarlo y agobiarlo a maldiciones. Ya frente a la Jefatura de Policía, se confundían las voces de curiosos y policías, de reporteros y fotógrafos. En la calle Revillagigedo lo insultaron, pero el multihomicida no daba muestras de estar asustado ni arrepentido. Una mujer quiso lastimarlo con las uñas, David Heredia quería ahorcarlo: ¡Déjenme matar al asesino de mi madre!, gritaba a los policías.
En una mazmorra le fueron mostradas las fotografías de sus víctimas; Rodríguez Silva vio con indiferencia aparente las imágenes. Una vez en su celda, se dejó caer en un camastro y quedó momentáneamente reflexivo. Después paseó como fiera enjaulada y, cuando pidió alimento a una mujer con una canasta llena de víveres, la señora respondió: “Te voy a dar un taco… pero de veneno, desgraciado”.
Jueves 3 de mayo de 1934, LA PRENSA publicó: ¡Lo galleguearon!, en recuerdo de la ley fuga aplicada a Alberto Gallegos, el presunto asesino de la multimillonaria Jacinta Aznar.
Con rapidez fue llevado el cuerpo al Hospital Juárez para la autopsia de ley, mientras la sociedad se confundía en una serie de rumores sobre la suerte del multihomicida.
Se expresó que “abatido por los disparos que le hicieron, casi a quemarropa, el mayor Pérez Tejada y el agente Krauss Morales en el interior de la peluquería La Flor de Oaxaca, a unos cuantos pasos del cuarto en que asesinara a Juana Castañeda, Estela Heredia y María Teresa Pulido, rindió su alma al diablo Santiago Rodríguez Silva, a una hora imprecisa, quizá antes de las 24:00 horas del martes 1o. de mayo, siendo el epílogo de su vida, tan siniestro y sórdido, como el último acto cuando sediento de sangre tasajeó horriblemente a sus tres indefensas víctimas”.
El asesino, convertido ya en un harapo humano, embrutecido por los largos interrogatorios, por las noches sin sueño, por ese regreso desde León hasta la capital, que le hizo comprender, quizá por primera vez, la enormidad de su acto y el odio acumulado en su contra, fue conducido al mismo lugar en que se derramó la sangre de tres inocentes mujeres a la hora nocturna e infortunada en que se dejó llevar por su instinto criminal.
Luego de llegar a la casa de la calle Patriotismo, se le hizo entrar en la peluquería y finalmente a la estrecha alcoba poblada por los fantasmas de Juana, Estela y María Teresa. Y comenzó así a la reconstrucción macabra…
La versión oficial comunicando la muerte del triple homicida de Tacubaya, resultaba un tanto confusa. Se decía que el documento quizá fue precipitadamente redactado por pluma febril.

TOMADO DE: 
https://www.la-prensa.com.mx/archivos/303676-la-noche-del-chacal

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