INFORMATIVO ZONA NORTE (www.papantlaenlanoticia.com): EL EXTRAÑO CASO DEL ASESINATO DEL PADRE TORRES

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martes, 9 de octubre de 2018

EL EXTRAÑO CASO DEL ASESINATO DEL PADRE TORRES


Por: LUIS FRANCISCO MACÍAS


El 26 de febrero de 1967 el padre José Soledad de Jesús Torres Castañeda salió de Sonora en su Ford Galaxie 500, modelo 1966, rumbo a Durango, para presenciar la cantamisa de su gran amigo, el presbítero Rafael Gaytán Corral.
En Durango estuvo todo el día y el 28 de febrero visitó a su hermana Teresa Torres de Moreno, en Tepehuanes, donde su cuñado Arturo Moreno le obsequió una pistola calibre .38 especial. (Cuando tuvo a su cargo la parroquia de Tepehuanes, el sacerdote fue agredido por indígenas, muchos de los cuales rechazaban los sermones porque creían que estaba equivocado al defender a sus esposas golpeadas y al prohibir bailes públicos donde corría el alcohol y abundaban las riñas sangrientas). Pero poco duró la pistola en manos del obispo, se la robaron en un taller mecánico.
Tras cumplir Torres Castañeda una serie de visitas, abandonó Durango el 4 de marzo de 1967. Fue la última vez que alguno de sus conocidos lo vio con vida. Días después, al ver que no regresaba a Ciudad Obregón, donde debía cumplir importantes compromisos, sus familiares se alarmaron.
De los primeros en denunciar la desaparición enigmática fue el corresponsal de LA PRENSA, Rafael Montaño Anaya, quien envió la noticia el 13 de marzo de 1967. Millares de fieles se organizaron para iniciar la búsqueda y posible salvamento del popular y apreciado religioso.
En una operación denominada Pinzas, 2,500 personas rastreaban el enorme territorio desde Mazatlán a Durango y otros tantos individuos en sentido contrario. Se ordenó su búsqueda con helicópteros, avionetas, jeeps, autos y camionetas particulares.
Cientos de soldados, policías, sacerdotes, seminaristas, monjas, campesinos, hombres y mujeres de todas las clases sociales, se sumaron al operativo en apoyo de las brigadas de salvamento en la sierra conocida como “El Espinazo del Diablo”, famosa por sus impresionantes abismos.
El Vaticano enviaba radiogramas en busca de información actualizada y precisa y el Papa Paulo VI, aconsejaba no desmayar en la localización, ni reparar en gastos.
Fue cuando aparecieron las maestras Rita Perches, Luvia Hernández, Olga Gutiérrez y Gloria Flores que se decían liberales e informaron que vieron al obispo Torres Castañeda, y aunque se comprobó que en realidad estuvieron con el religioso Felipe Torres Hurtado insistieron en su confusión. Las cuatro maestras se burlaron de los católicos al comentar que “no debían escandalizar tanto, pues ellas habían hablado con el religioso en Múzquiz, Coahuila”.
El joven Marcelo López Sagredo, quien trabajaba en una gasolinera de El Salto, en la carretera a Durango, fue presentado por la policía para declarar que el 11 de marzo atendió al manejador de un Ford Galaxie 500 con quien platicó sobre las nevadas y que lo recordaba bien porque le dio buena propina. Después, aseguró, lo identificó como el obispo al ver su foto en un periódico. Y el fiscal federal Orencio Brambila no sólo se atrevió a criticar al clero, sino que oficialmente aseguró que Torres Castañeda “está vivo” y lo demostraría con pruebas contundentes.
Junto con el agente federal Enrique Martínez Rodríguez se comprometieron a demostrar que “el obispo vivía”.

FUE ASESINADO PARA SER DESPOJADO DE SU AUTO

EL CADÁVER DEL OBISPO FUE HALLADO INCORRUPTO EN DURANGO

El tiempo, que todo aclara, evidenció que las maestras, el gasolinero y el fiscal estaban totalmente equivocados y que el religioso fue víctima de la ambición y violencia de una banda de asaltantes que decidió despojarlo de su coche para usarlo en el asalto a los pagadores de una presa en construcción que se localizaría sobre el Río Nazas.
El obispo fue asesinado de un tiro en la nuca y golpes en diferentes partes del tórax; fue sepultado, desnudo, en la elevada región de “El Espinazo del Diablo” y al ser encontrado, a todos sorprendió la extraña serenidad de su rostro. Parecía dormir en paz y el cuerpo no se había descompuesto 20 días después del homicidio.
Las brigadas de rescate encontraron varios automóviles desbarrancados en la carretera Durango-Mazatlán, pero el del religioso Torres no aparecía por ninguna parte. El coche apareció finalmente pero muy fuera de su ruta, lo encontraron el día 20 de marzo en Matamoros, frente a la casa de Florinda Rodríguez Favela, en calle Pavellón 21. La muchacha dijo que dos hombres lo dejaron allí, compraron víveres en una tienda cercana y tomaron un camión que iba al sur.
El vehículo no tenía placas y estaba pintado de diferente color. Tenía dos agujeros de bala en la portezuela de la cajuela.

SE ACLARA EL CRIMEN

Ya no quedó duda de que algo malo le pasó al religioso. La policía se enteró que durante las numerosas visitas que realizó el obispo en Durango, fue seguido por cuatro hombres que viajaban en un auto compacto rojo y que le tomaban fotos desde lejos. Empezó entonces la búsqueda del vochito.
Un camionero informó que había visto ese coche en el municipio de Peñón Blanco, Durango, en el rancho El Espejo, propiedad de Pascual Nájera Moreno, a quien se tenía por delincuente y aunque nada se le pudo probar se decía que Pascual Nájera y Baldomero García asaltaron a un taxista en San Luis Potosí y Nájera lo mató a tiros.
La policía fue por el auto, descubrió que estaba reportado como robado y encontró en su interior algunas pertenencias del obispo. Allí mismo se detuvo a Pascual y con su confesión empezó a desentrañarse el misterio.
Dijo que sus cómplices fueron Arturo Santos Estevané, Baldomero García, Felipe Medrano, Jesús Castillo y Roberto Antuna. Unos agentes fueron los cómplices del detenido y otros buscaron hasta que el 24 de marzo los cazadores Leopoldo Molina y Tomás Santos los llevaron hasta el lugar de la sierra donde encontraron el cadáver desnudo en el hueco de un árbol, derribado años antes por un rayo.
El doctor Adulfo Venegas examinó el cuerpo en el lugar. Dictaminó que el obispo fue golpeado rudamente en la cara y el pecho, que sufrió asfixia y que además le dieron un balazo en la nuca.
Y dijo que el cuerpo permanecía en buen estado debido a las bajas temperaturas del lugar. Cientos de personas se reunieron en “El Espinazo del Diablo”; las mujeres lloraban y la carroza fúnebre en que se trasladaban los restos del cura debía detenerse en cada pueblo.
Enorme cantidad de personas lamentaban la muerte violenta del pastor de almas y pedían el más severo castigo para los responsables. Se temía un linchamiento.
Enardecidos feligreses gritaban: “¡mueran… mueran!”, al enterarse que uno a uno iban cayendo los culpables. Después de Pascual, Baldomero y Arturo Santos Estevané. Luego Medrano, Castillo y Antuna.
Los detenidos confesaron que habían integrado una pequeña, pero peligrosa banda de asaltantes y que intentarían emular al célebre hampón Fidel Corvera Ríos y socios, quienes, en 1958, lograron apoderarse del equivalente a 2,000 millones de pesos viejos en un asalto a camioneta del Distrito Federal, pero fueron detenidos tras una balacera. “A nosotros no nos ocurrirá”, pensaban entonces los criminales.
En las gráficas, Pascual Nájera, Arturo Santos y Baldomero García, este último acompañado de su mujer. Los tres hombres asesinaron al obispo de Ciudad Obregón.
Se elaboraron retratos hablados para dar con el paradero de los criminales. He aquí dos de ellos.
Arturo Santos Estevané y su amante Irene Pérez, a quien regaló la sortija robada al religioso. A su esposa le daría la cruz pectoral. Treinta años de prisión le dieron al homicida.
Los maleantes informaron que su objetivo era saquear las oficinas de la conocida presa Las Tórtolas que se construía sobre el Río Nazas. Santos Estevané era el jefe de la pandilla y logró trabajar en la obra para observarlo todo y hacer un plan exitoso. Lo primero fue darse cuenta que era mejor asaltar en la carretera Durango-Mazatlán a la camioneta que traía el dinero de la paga de los trabajadores, alrededor de un millón de pesos.
Para eso necesitaban un auto grande y potente porque el vochito que robaron no les serviría para escapar por carretera. La mala suerte quiso que el coche que les gustara fuera el del obispo y que además ya hubieran decidido que para evitar ser identificados posteriormente debían matar al dueño.
Después de seguirlo varios días en Durango, el 4 de marzo Arturo Santos Estevané disfrazado de agente de tránsito federal cruzó el coche rojo al Galaxie 500 del obispo y lo obligó a detenerse. Torres Castañeda les gritó que era obispo y cuando se dio cuenta que eso no le serviría de nada arrojó al abismo las llaves del coche.
Con gran frialdad los hampones reconstruyeron esos momentos. Dijeron que Baldomero García y Felipe Medrano sacaron sus pistolas mientras Antuna intentó estrangular con una soga al prelado y Castillo lo golpeaba enfurecido en pecho y estómago. Pascual Nájera no estaba en el lugar. El robusto religioso derribó a Antuna, se quitó la soga e iba a golpear a otro cuando, a traición, Felipe Medrano le disparó en la nuca, relataron los maleantes y dijeron que al desplomarse el obispo, Santos sacó su arma y disparó varias veces contra la chapa de la cajuela donde encontraron cajas con chorizos, quesos, botellas con chiles en vinagre, bolsas de pinole dulce y botellas de vino.
Recordaron cínicamente: “¡es un padrecito, ya lo torcimos!” -dijo Castillo, al descubrir entre las cajas de comida las sotanas y joyas sagradas del obispo.
“Ni modo, el plan era matar al dueño del auto”, lo atajó Arturo Santos Estevané con la mayor serenidad y sangre fría. Y el jefe se quedó con la cruz pectoral, una cadena de oro y el anillo pastoral. Le regalaría la cruz a su esposa Alicia Herrera y la sortija a su amante Irene Pérez. A ambas advirtió: “no abran la boca, si no quieren que les pase lo mismo que al obispo”.
Los bandidos regresaron a Durango y se separaron “por unos días”. Fijaron fecha para el robo a la presa, pero ya no pudieron cumplirla. Pascual Nájera fue capturado en su rancho con el vochito.
A Estevané y Baldomero los agarraron cuando ya habían acordado olvidar el asalto y huir a Torreón. En casa del primero encontraron otras pertenencias del obispo.
Jesús Castillo fue detenido en el Distrito Federal cuando buscaba a su pariente, Manuel Mendoza Zavala, en la Secretaría de Recursos Hidráulicos.
Felipe Medrano fue arrestado a mediados de 1967 y Antuna poco después.
Un juez penal condenó a 30 años de prisión a Santos y Felipe Medrano; a 27 años a Baldomero y Castillo; y a 23 años a Pascual y Antuna.

TOMADO DE:

https://www.la-prensa.com.mx/archivos/96214-el-cruel-asesinato-del-padre-torres

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